Mundo rural, desarrollo local y medio ambiente, una tríada que está cada día más presente en la agenda institucional y de los medios de comunicación. Jaime Izquierdo Vallina (Infiesto, 1958) ha dedicado buena parte de su vida a estudiar estas conexiones que suelen despuntar en desastres como los recientes incendios forestales o cuando el riesgo de despoblamiento convierte amplios territorios es espacios desérticos. Él lo tiene claro y sobre ello ha escrito y sigue divulgando.
El autor de 'Una nueva economía para la aldea del siglo XXI', que presenta este martes 26 de agosto a las 19.30 horas en la librería Dlibros de Torrelavega, es un defensor de los valores y la conservación de la vida en el mundo rural y de la naturaleza, preocupado por su conflictiva coexistencia con el nuevo mundo urbano. Licenciado en Geología por la Universidad de Oviedo, ha desarrollado su carrera profesional fundamentalmente trabajando para el Gobierno del Principado de Asturias y en los ayuntamientos de Llanes y Langreo, siempre en áreas relacionadas con el Medio Ambiente y la gestión y conservación de los recursos naturales. Ha sido asesor para el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, además de ser autor de artículos y libros sobre esta temática, siempre con un trasfondo conservacionista y respetuoso con el medio rural y las tradiciones.
Empecemos por el libro que va a presentar en Torrelavega. En su obra constata un declive de la aldea como pieza clave del mundo rural y postula una nueva economía para su revitalización.
¿En qué consiste esta nueva economía?
Durante siglos, e incluso milenios en algunos casos, las aldeas desarrollaron una economía propia —que hoy llamaríamos sostenible en términos agroecológicos— que sucumbió con la llegada y posterior hegemonía de la agricultura intensiva. La nueva economía para la aldea debe ser contemporánea, lógicamente, pero debe inspirarse en los principios de la economía campesina clásica e incorporar algunas novedades derivadas de las nuevas oportunidades que abre internet —teletrabajo, comercio y producción digital…— y del atractivo del rural para el uso cultural, recreativo, turístico, la vida saludable, la producción artística o la constitución de comunidades energéticas locales.
¿Cómo puede ser el encaje del turismo en el futuro de los pueblos? ¿El mundo rural puede acabar convertido en un parque temático de habitantes de la ciudad?
El turismo rural es una novedad relativamente reciente. Forma parte de las nuevas oportunidades, como acabo de comentar, pero no puede ser un monocultivo, no puede producir gentrificación y no debe desvirtuar los valores propios, desde la cultura del territorio a otros intangibles como el sosiego o el ritmo de vida de la aldea. Sabemos del poder transformador del turismo, por eso debemos organizarlo a partir de principios y límites.
Ciudades superpobladas, carestía de vivienda en las urbes, precariedad laboral... Sin embargo, el campo está despoblado, dispone de vivienda y oportunidades de trabajo. ¿Esto último puede ser una de las respuestas a lo primero?
Sí, sin duda. Siempre que encontremos y hagamos viable una nueva economía para la aldea, como representante principal de la ruralidad más genuina, o para las villas y pueblos. Estamos obligados a formular una propuesta alternativa a la vida en los suburbios de las grandes ciudades.
Como profesional que se dedicó toda la vida a los asuntos de medio ambiente y de desarrollo rural, ¿cómo ve el mundo rural en 2050 si nada cambia y en un contexto de cambio climático?
Diré una obviedad: a menos que modifiquemos el rumbo terminaremos donde nos dirigimos. Dicho sin ambages: o cambiamos o colapsamos. El cambio de rumbo, por tanto, no es una opción, es una prioridad. Y la crisis climática no es una patología, es uno de los síntomas —probablemente el más reconocido, pero hay más síntomas concurrentes— de una enfermedad grave que está relacionada con nuestro actual modelo económico basado en el hiperconsumo y la concentración. En consecuencia, y en ortodoxia médica, no deberíamos focalizar el tratamiento sobre el síntoma, sino sobre la enfermedad.
¿Existen territorios de desecho en España? ¿El norte lleva camino de ser lo que era la costa mediterránea hace décadas con todo lo que ello comporta?
Hay una máxima en el desarrollo local que dice: “No hay territorios sin futuro, sino territorios sin proyecto”. Hay casos de éxito en territorios aparentemente desahuciados que han revivido de la mano de emprendedores con una nueva visión, con una nueva mirada. Con respecto al norte, de lo que lleva camino es de 'mediterranizarse' en términos climáticos a la vez que el sur lo lleva de desertificarse. El atractivo del clima templado del norte, sobre manera en el litoral, con inviernos suaves y veranos frescos, está ya en el foco tanto de los turistas como de los nuevos 'trashumantes climáticos' que se están convirtiendo en nuevos residentes.
El clima templado del norte, sobre manera en el litoral, con inviernos suaves y veranos frescos, está ya en el foco tanto de los turistas como de los nuevos 'trashumantes climáticos' que se están convirtiendo en nuevos residentes
¿Es partidario de la privatización de la gestión de los recursos naturales?
Permítame antes una breve digresión. El concepto de “recurso natural” ha quedado restringido, a partir de los años ochenta del pasado siglo XX, solo a los recursos silvestres de fauna y flora. En puridad son tan recursos naturales el carbón como los urogallos o las sardinas, el agua como el aire que respiramos. Sin embargo, los departamentos de la administración y las leyes y planes de ordenación que llevan el añadido de “recursos naturales” solo hablan de espacios y especies protegidas. Es necesario detener esa deriva normativa, reduccionista y proteccionista, y abrir un debate de política regional sobre las relaciones entre la economía, la sociedad, el territorio, la ecología aplicada y los recursos naturales. Abrir un debate para establecer formas de relación de nuestra sociedad con la naturaleza. Pondré solo un ejemplo: la falta de aprovechamiento económico/ecológico de algunos recursos —los pastizales o las tierras de cultivo de montaña, por ejemplo, y el mantenimiento de la organización del paisaje en mosaico— está detrás del enorme incremento de superficie forestal, en uniformes y continuos territoriales de bosques cerrados de decenas de kilómetros, y de su enorme carga de biomasa no manejada que alimentan los imparables incendios de sexta generación que amenazan con llevarse por delante pueblos, aldeas y ciudades. Con respecto a su pregunta, no, no estoy a favor de la privatización de los recursos naturales, estoy a favor de un manejo óptimo, complejo y ecosistémico de los recursos naturales y de una ordenación del territorio que vaya más allá de lo estrictamente derivado del urbanismo y del desarrollo de las grandes infraestructuras.
Es inevitable que le pregunte por la actualidad. ¿Qué se está haciendo mal para que cada verano el fuego esquilme la España rural?
Los incendios ahora ya no son solo forestales, sino también agrarios y periurbanos. Llaman a las puertas de las ciudades aunque, de momento, los más perjudicados sean pueblos y aldeas. En los nuevos grandes incendios confluyen tres factores: el cambio climático como acelerante; la producción de una chispa, por causas naturales o artificiales, como detonante y la enorme cantidad de combustible acumulado en el monte como determinante. Desde mediados del pasado siglo, aproximadamente, el final del modelo campesino, local y extensivo de manejo del campo que acreditaba varios siglos de acierto en el manejo de los recursos naturales locales, dio paso al auge del modelo de desarrollo urbano e industrial de concentración que desembocó en el actual panorama: áreas urbanas densamente pobladas y extensas áreas rurales despobladas, abandonadas y sin manejo. La falta de una teoría económica alternativa a la economía de concentración e intensificación industrial está detrás del grave problema de estructura territorial que tenemos en el país. Eso fue lo que se hizo mal en el pasado, lo que se hace mal en la actualidad es no entender la raíz del problema y no consensuar reformas estructurales que van más allá de varias legislaturas; tener una clase política, tanto gobernante como aspirante, desenfocada y enzarzada en discusiones parciales y otra clase política neofascista emergente que utiliza el engaño, la visión torticera, el caldo de cultivo del descontento y las redes sociales para incendiar e intoxicar con mentiras y verdades a medias a la ciudadanía. Me preocupa tanto el desconcierto de izquierda y derecha como el auge del neofascismo.
Me preocupa tanto el desconcierto de izquierda y derecha como el auge del neofascismo
El trato de las administraciones en la prevención de incendios forestales, ¿es indicio de que el mundo rural no cuenta en la agenda de la política?
El asunto tiene más calado. Los dos grandes inventos de la humanidad han sido el campo y la ciudad. Y ambos estuvieron relacionados a lo largo de la historia porque eran interdependientes, se necesitaban mutuamente. La revolución industrial y urbana rompió esa relación y de ahí derivan muchos de los problemas actuales. O volvemos a relacionarnos buscando funciones complementarias y afectos mutuos o los problemas de seguridad territorial acabarán afectando gravemente a las ciudades porque no pueden vivir ignorando al campo.
¿Tiene constatado el retorno a un mundo rural? ¿Qué se requeriría para revitalizar el campo? ¿Infraestructuras de comunicación, servicios, recuperación de economías rurales...?
Hay un cierto retorno, pero no se puede hablar de reversión de los flujos. Las grandes ciudades siguen siendo los principales focos de atracción demográfica y económica. Con respecto a los requisitos para revitalizar el rural se me ocurren tres pilares: dignidad, entendida como la posibilidad de satisfacer en el campo las cinco categorías de las necesidades humanas; comunidad, entendida, por una parte, como la percepción de pertenencia a un lugar —arraigo— y, a la vez, a un grupo humano que sea capaz de organizar la acción conjunta y concertada de sus habitantes para acometer proyectos colectivos y más complejos que los meramente individuales; y funcionalidad, es decir, la capacidad para hacer viables y satisfactorias actividades de interés para la sociedad en general en los ámbitos de la gestión integral e integrada del territorio, la conservación activa de los recursos, la biodiversidad, la producción agroecológica de calidad y la seguridad ambiental.
Tradicionalmente, el mundo rural, ¿es un espacio de reacción política? ¿Se pueden aplicar políticas a largo plazo de lucha contra la despoblación y cuidado del medio ambiente desde una mentalidad conservadora?
Teodor Shanin acuñó el concepto de “la clase incómoda” para referirse a los campesinos porque no encajaban en ninguna de las clases sociales que se forjaron tras la revolución industrial y el dominio hegemónico del pensamiento único que propició la ciudad. Los rurales siguen siendo, en cierta manera y aunque ya no sean los campesinos de principios del siglo XX, la clase incómoda y tienen motivos objetivos para el descontento. Parte del problema, lo comenté con anterioridad, está en que ese descontento lo aprovechan torticeramente los populistas para crecer políticamente exacerbando la reacción, pero sin propuestas, y que los partidos mayoritarios no tienen capacidad para consensuar medidas a largo plazo y, como pasa mayoritariamente con la sociedad actual, les pesa la perspectiva urbana. La otra parte del problema radica en que, salvo excepciones, las comunidades rurales no pueden, no quieren, no saben o se encuentran con demasiados obstáculos para generar localmente proyectos colectivos que sirvan para revertir la situación.
¿Considera que ha habido en las últimas décadas un 'maltrato' de las ciudades hacia el campo? Me refiero a mentalidad, desprecio de la actividad del sector primario, supuestos fraudes en ayudas públicas, depredación del ecosistema y maltrato de especies en extinción, por ejemplo...
Hay una ruptura de relaciones y un enorme desconocimiento por parte de la sociedad urbana hacia la rural —que es muy compleja y muy diversa— y, también, mucho desconocimiento de las comunidades rurales hacia sus propias posibilidades. No es tanto una cuestión de hacerse reproches mutuos, pero el ecologismo urbano debería hacérselo mirar y las comunidades rurales deberían tener una mejor percepción de la importancia que, para su porvenir, puede tener la perspectiva agroecológica aplicada a la gestión del medio.
No se puede entender cómo se superó la pandemia sin el esfuerzo del sector primario en la cadena de suministro de alimentos. Sin embargo, la merma de explotaciones es continua y el despoblamiento sigue con lo que volvemos al inicio de la entrevista.
Sin duda, la producción y la distribución de alimentos se mantuvieron durante la pandemia con normalidad. Y sí, desde luego, la disminución paulatina del número de explotaciones y la concentración no auguran un futuro halagüeño. Por si fuera poco, los fondos de inversión están poniendo el ojo sobre las mejores tierras de cultivo. Por eso debemos insistir en la búsqueda de una viabilidad para el futuro del campo y de la agricultura.
Deme tres motivos...
Primero, más que un problema de relevo generacional, que también, tenemos un problema de “relevo organizacional” en la agricultura. Segundo, existen formas menos comprometidas y más gratificantes para trabajar que dedicarse a la agricultura. Tercero, como sociedad no estamos acertando en la búsqueda de formas de vida y dedicación a la agricultura que tengan el prestigio y la dignidad profesional que tienen otras profesiones urbanas.