Francisco M. Azcárate, profesor de Ecología en la Universidad Autónoma de Madrid, publica un hilo de 29 mensajes en el que desmonta los discursos simplistas sobre los incendios forestales en la península ibérica y propone una mirada más compleja y realista.
El punto de partida es claro: los incendios no van a desaparecer. Hace menos de un siglo el paisaje era muy distinto: menos árboles, menos matorral y pastos mucho más consumidos. El abandono masivo del campo y las políticas de reforestación han generado un territorio cargado de biomasa listo para arder, en un clima mediterráneo que ya de por sí favorece los fuegos (veranos secos y cálidos tras estaciones de crecimiento). Ese cambio no es fácilmente reversible ni deseable: nadie quiere volver a una economía de subsistencia.
Azcárate critica eslóganes como “el monte está sucio” o “los incendios se apagan en invierno”. La gestión forestal (desbroces, cortafuegos, claras…) es importante y se hace, pero no es una varita mágica: los montes gestionados también arden, como se ha visto recientemente en Madrid. Tratar todo lo que no es tronco o copa como “suciedad” es un error.
La solución más defendida es construir y mantener paisajes en mosaico, con más espacios abiertos. Ayudan a frenar la propagación del fuego y aportan beneficios ecológicos, aunque tampoco son inmunes. La ganadería extensiva reduce biomasa y genera fuegos de baja intensidad que se recuperan rápido, pero tampoco elimina el riesgo. Las igniciones (intencionadas o accidentales, e incluso rayos) importan, pero el verdadero problema es el tamaño y la severidad de los incendios, no su número. La orografía y, sobre todo, el cambio climático actúan como potentes aliados del fuego.
La conclusión del hilo es incómoda pero realista: no existe una solución mágica. Hay que aprender a convivir con el fuego, que forma parte del bioma mediterráneo desde hace milenios y cumple funciones ecológicas. Las medidas prioritarias serían:
- Reducir la exposición (evitar urbanizaciones rodeadas de bosque y crear perímetros de protección alrededor de núcleos habitados).
- Usar herramientas basadas en la naturaleza: quemas prescritas y pastoreo.
- Tras un incendio, no reforestar automáticamente, sino rediseñar el paisaje hacia mosaicos y pastos donde sea viable.
- Combinar educación, prevención, gestión, adaptación, investigación y unos servicios públicos de extinción bien dotados.
Un enfoque honesto, lejos de simplismos, es la mejor forma de reducir pérdidas de vidas, hogares y medios de vida, y de que los equipos de extinción afronten menos situaciones extremas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario